31 mayo 2006

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21 febrero 2006

VIAJE AL PAÍS DE LAS ALMAS

Jordi Esteva
Hace unos años, el profesor Alcantú, del Centro de Investigaciones Tecnológicas Ángel Ganivet, de la ciudad de Granada, me propuso hacer un trabajo sobre la drumología, sobre el lenguaje de los tambores, en una zona comprendida entre Ghana y Costa de Marfil, entre el grupo de los Acán; esta supuesta ciencia trataría de la transmisión oral de las grandes mitologías africanas a través de los tam-tam.
Encontré fascinante esa propuesta, ya que siempre me ha atraído mucho el mundo africano, y acepté sin dudar, pero fue un fiasco, una decepción, porque, al cabo de un mes de estar trabajando con unos antropólogos locales y con el Ministerio de Cultura de Costa de Marfil, que me apoyó también en el proyecto, vi que no estaba haciendo absolutamente nada nuevo; era una repetición, de clichés, fotos que rallaban el folklore, algo que, personalmente, no me aportaba casi nada. Es decir, estaba consiguiendo una gran colección de fotografías, algunas interesantes, pero me faltaba una mirada propia, algo que aportar, algo original, porque estaba un poco cansado de esta visión que siempre tenemos de África, que es la del África folklórica de las máscaras, de las danzas, o la del África que siempre llora forzosamente, cuando hay muchísimas más cosas que eso.
Entonces, me di cuenta de que estaba cayendo en esta trampa, fomentando los estereotipos, y recordé las palabras de un filósofo, uno de los grandes apóstoles que conocía la negritud, que decía que el folklore es la misa de difuntos de una cultura. En ese momento, comprendí realmente lo que estaba haciendo, y toda esta ilusión, todo este empeño que había puesto en este viaje, para mí, había fracasado; había conseguido cientos de películas, había recorrido no sé cuantísimos kilómetros, pero era, como digo, una sensación de fiasco.
Sin embargo, a pesar de todo, ocurrió una cosa que me gusta contar porque simboliza, en cierta manera, lo que son las casualidades. Quizá no sea exactamente así, no obstante, prefiero pensar que no fue un hecho fortuito. Me encontraba a punto de regresar a mi país, con esa sensación de fracaso, y estaba en un hotelucho, en una pequeña pensión limítrofe con la ciudad -todas las habitaciones de hotel habían sido ocupadas porque se celebraba una conferencia de todos los países africanos sobre el Sida, que es el problema principal de este continente-, rozando unas lagunas bastante lúgubres, muy impresionantes.
Al día siguiente tenía que ir al aeropuerto, así que, deseando salir de allí, decidí encerrarme en la habitación, conectar con la aldea global a través de la televisión y olvidarme del país. Entonces, ocurrió una cosa que parece una tontería pero fue muy importante para mí: de repente, cuando ya estaba ambientándome, pasando de la BBC al Canal 5, se fue la luz, y me gusta pensar que, con ella, se fue toda esta mundialización y entró África por la ventana; es decir, inesperadamente, oí los sonidos de esa laguna, chapoteos, había una luna impresionante que aparecía y desaparecía entre las nubes, unas bandadas de grandes murciélagos que -se lo digo a los que hayan estado en África, sobre todo en África occidental, al atardecer- una noche vuelan en enormes bandadas, enormes ellos también, casi como gaviotas, lo que es impresionante. Y así, en un momento, vi que, de entre los juncos, de entre las cañas, salía una adolescente recubierta con un lienzo, anudada a la cintura y recubierta de caolín; o sea, que era una iniciada y estaba en trance.
Esta imagen me chocó profundamente, y pensé que, ya que estaba en África con toda esa ilusión, con el soporte, la ayuda, del Centro de Investigaciones, muy generosa, y también del gobierno local, quizá podría intentar quedarme un tiempo más y hacer algo a través de lo que yo fuera descubriendo, además, un mundo que me gustara transmitir a mis posibles lectores o a ustedes, por ejemplo. Por eso acepté la invitación para ir a visitar un pueblo donde se iba a celebrar una fiesta local en torno al ñame, sobre la renovación de los lazos con los ancestros. De ese modo, me introduje en este mundo del animismo, este mundo del que poco se sabe, en estas creencias animísticas que pueden ir desde Siberia, con los chamanes, hasta América, Amazonia, los grandes países africanos…
Antes de todo, debo decir que el animismo no es una religión stricto sensu, como la entendemos nosotros, como puede ser el judaísmo, el cristianismo, el islam o incluso el budismo -que quizá sea más una filosofía que otra cosa-; es una manera de ver el mundo, es una cosmovisión, que varía muchísimo no sólo según el continente o el país, sino también según la etnia, e incluso dentro de ésta. A grandes rasgos, podríamos decir que, sorprendentemente, es, de alguna manera, un monoteísmo, puesto que creen en un Dios con una fuerza única; lo que ocurre es que esta fuerza es tan inaccesible, que ya no vale la pena ni pedir ni tratar de negociar con ella nunca más, y para ello se trafica, o se negocia, se habla con los espíritus, con los genios y con las almas de los antepasados.
Esto se lleva a cabo -y ya depende de la cultura- mediante unas ceremonias: en algunos lugares suelen introducirse elementos intoxicantes -en las zonas que yo estudié, en absoluto- y, a través de la percusión, el trance, logran -eso es lo que creen ellos- que estos espíritus se personen en aquella comunidad para comunicarse, dar consejos, o advertir sobre peligros, etcYo pude acceder a muchas de estas ceremonias por una empatía, por una serie de casualidades, que es como yo creo que a veces ocurren las cosas. Había oído hablar de una gran sacerdotisa que tenía en su santuario a unos ocho iniciados a los que estaba instruyendo pasándoles estas sabidurías ancestrales -que, curiosamente, sólo se pasan en estado de trance y entre los elegidos-. Llegué allí y traté de explicarles qué era lo que yo quería hacer: en realidad, quería quedarme un tiempo durante el que me dejaran vivir con ellos y, bueno, esperar a ver qué ocurría. Y ya no me atrevía ni a pedir fotografiar ni nada de eso; de entrada, sólo era esperar un tiempo y ver, como digo, qué sucedía.
Al principio, me quedé un poco sorprendido, porque esa sacerdotisa no me decía ni que sí ni que no, es decir, me estaba esquivando; luego, comprendí que ella no podía darme ningún permiso, tenía que comunicárselo antes a sus genios, a los supuestos genios que la poseían. Entonces, al cabo de un par de noches o así, hacia el atardecer, las chicas y algunas ancianas se reunieron; fueron al río para recoger unas plantas acuáticas y después las colocaron en un estanque sagrado. Encima de cada planta colocaron unas velas, lo que significaba que iban a convocar a la diosa o espíritu de las aguas y que iban a tratar de que se personara.
Empezaron a cantar, acompañadas de percusión, una especie de letanías al principio muy suaves y, al cabo de un tiempo, cada vez más estridentes, cada vez más rítmicas, hasta que llegó un momento de paroxismo que coincidió con unos alaridos que procedían de la casa de los fetiches. En aquel momento, salió la sacerdotisa Ayua en estado de trance; yo quedé totalmente impresionado porque había visto algunas cosas de trance en Marruecos, en Egipto -algún fenómeno de posesión-, en Cuba, pero eso lo superaba todo. Salió esa mujer con la voz totalmente cambiada; era corpulenta, pero, en aquel instante, parecía una adolescente ágil y maravillosa, y cantaba con una voz de niña todas las canciones, hasta que empezó con unos jadeos rítmicos y cayó hacia atrás para recuperarse y salir disparada hacia el estanque.
Cuando llegó allí, se tiró de espaldas y empezó a moverse como un pez -yo seguía impresionado-; de repente, como agitada por un resorte, se incorporó y preguntó «¿qué está haciendo este blanco aquí?». En aquellos momentos supe que de lo que yo dijera iba a depender mi estancia en ese lugar; es decir, si no era capaz de transmitir a qué había ido, sabía que, al día siguiente, tendría que marcharme y acabar mi trabajo, y mi aventura también. Por eso intenté explicar de qué quería ser yo testigo: de unos mundos que desaparecen, de unas creencias que se van, que están condenadas a desaparecer por la mundialización; de unas creencias que, en un principio, fueron denostadas por el colonialismo, por los misioneros, que tacharon todo esto de brujería, de superchería, de traficar con los demonios, cuando, en realidad, estas mujeres son sacerdotisas tradicionales y depositarias de una cultura ancestral que se transmite de manera oral. Incluso los propios africanos estaban dando la espalda a toda esta tradición.
Yo creo, por supuesto -y hago así un pequeño inciso-, que las prácticas animísticas son inoperantes en un mundo de hoy, por lo menos en su versión tradicional, pero no se puede echar por la borda, tachándola de superchería, toda una cultura que se ha transmitido siempre en trance o con una tradición oral y que, de alguna manera, es la que transmite unas señas de identidad africanas, toda una rica literatura contada de padres a hijos. Esto es, más o menos, lo que supe explicar; no sé cómo se tradujo, pero el efecto fue muy positivo, puesto que ella volvió a sumergirse en el estanque para incorporarse otra vez y dirigirme una frase un tanto esotérica que debía significar que estaba aceptado: «un ser humano que no conoce el camino es como el viento», me dijo.
Todo esto significó que se me permitía acceder a todas las ceremonias de los espíritus del agua, no a las de los genios de tierra -son las dos clases en las que se pueden dividir los espíritus, entre tierra y agua, llamados espíritus del territorio en antropología, porque están ligados a fenómenos, etc.- Para pedir permiso a estos últimos hicimos, al cabo de unos días, una ceremonia en un bosque sagrado, con el objeto de comprobar si yo podía quedarme en ese santuario y seguir mi trabajo. Allí se clareó el bosque, se limpió, y el ayudante de Ayua, su hermano, que es el que hace de oficiante, celebró esta ceremonia (porque, tras estar en trance, ella no recuerda absolutamente nada de lo que ha dicho y es él quien hace de intérprete entre ésta y los hombres para explicarle a su hermana, una vez vuelta en sí, qué es lo que han hablado).
El genio que la poseyó, que es el genio de los cazadores, expresó su descontento porque hacía mucho tiempo que no iban a este bosque para hacer sacrificios a los espíritus; se malhumoró aludiendo al hecho de que únicamente habían vuelto para hacer dichos sacrificios por causa, precisamente, de un nuevo europeo -ya que hacía como dos o tres años que no iban al bosque y fui yo, de hecho, quien solicitó el hacer las ceremonias allí-. Así que cuando, como primero de los ritos, degollaron un gallo y lo tiraron por los aires, éste cayó con las patas hacia el suelo, lo que significó que el sacrificio no había sido aceptado porque los genios estaban muy enfadados. La gente, preocupada, preguntó qué era lo que debía hacer y Ayua, poseída, les contestó que exigía un segundo gallo, en deferencia al extranjero que estaba entre ellos, que lo aceptaría de inmediato -lo que supondría, además, que podría proseguir mi estancia con ellos-.
Dicho y hecho, el ayudante de Ayua agarró el gallo, lo degolló de un tajo, lo hechó al aire y el animal dio varias volteretas para caer con los patas hacia arriba. Es decir, el sacrificio había sido aceptado y yo pude quedarme durante mucho tiempo para hacer varios viajes; en total, unos tres, en los que pude documentar todo el proceso por el que pasa un iniciado desde que es elegido por los supuestos genios hasta que es convertido en un sacerdote animista.No todo el mundo puede ser uno de éstos, ni participar en estas ceremonias: tiene que ser elegido por los genios. Y ¿cómo es uno elegido por ellos?, pues, un buen día -es algo clásico que ocurre en muchas culturas-, alguien, sobre todo un niño, un adolescente, entra en trance, sufre unas convulsiones, empieza a decir cosas extrañas, se supone que habla en otras lenguas. Lo que se solía hacer antes era llevar al niño ante un gran sacerdote animista o una sacerdotisa para que lo examinara y dictaminara si realmente era un elegido o se trataba de una histeria, o una locura pasajera, o una enfermedad. Pero si, en aquellos tiempos, era todo un honor tener alguien así en la familia, hoy en día, puede ser visto como una superchería, como un atraso; por lo tanto, muchos se niegan a que sus hijos sigan este camino de la iniciación animista.
Sin embargo, entonces, suele ocurrir un fenómeno: ellos son raptados, son secuestrados por los propios genios -siempre estoy hablando de lo que ellos creen, evidentemente-, que los poseen y se los llevan al bosque; allí, pueden pasar por una serie de vicisitudes: a veces, pueden recibir latigazos, y vuelven en un estado totalmente alterado al cabo de unos días, incluso -eso dicen- con un fetiche en las manos. Esto no es más que una muestra de lo que les puede ocurrir si rechazan seguir el camino para el que han sido elegidos; por eso, cuando uno de estos iniciados llega al santuario, el sacerdote animista se ocupa de él o de ella. Si la familia tiene dinero, da como una dote; si no, generalmente, el gran sacerdote, el que se llama padre o madre iniciador, es el que se hace cargo de toda esta gente.
Una de las ceremonias más interesantes es la de la clausura de la boca, porque, cuando el iniciado entra en trance, los genios hablan por él y empieza a decir muchísimas cosas. Lo que ocurre es que, como no domina las técnicas del trance, ni tampoco tiene la sabiduría ni ha sufrido una formación, puede decir cosas muy inconexas, e incluso estas palabras pueden ser aprovechadas, como dicen ellos, por gentes con malas intenciones, es decir, por los brujos, por lo que se hace una ceremonia en la que se recubre al iniciado de agua lustral, que es un agua sagrada, un agua bendita, resultante de una maceración a la que se le somete cuando corre por los manantiales precisos de algún río, en el bosque, con unas plantas medicinales secretas. En el momento en el que el iniciado sufre unas grandes convulsiones y entra en un trance muy profundo, se le impregna con este agua y con caolín, esta arcilla blanca que para ellos es el elemento purificador.
Entonces, se hace un llamamiento a todos los genios, tanto a los malos, porque también exigen unos genios negativos, como a los positivos. A los primeros se les hace una pequeña trampa: en primer lugar, se les pregunta qué es lo que les gusta, qué sacrificios son los que ellos prefieren, y ellos, confiados, contestan que les sacrifiquen gallinas o que se les ofrezcan mangos, lo que sea; a continuación, se les interpela acerca de qué es lo que les disgusta, una vez que ya se les ha preparado y se les ha dado coba, y ellos vuelven a contestar, en este caso, que no les gusta el limón, berenjenas… Así que se toman estos elementos, se restriegan en la piel de estos iniciados y ellos sufren unas convulsiones terribles; gritan, chillan, hasta que el espíritu dice «me voy, me voy» y desaparece.
Desde luego, éstas son maneras un poco burdas, podríamos decir, pero, realmente, la ceremonia es algo simbólico; simboliza, de hecho -no tenemos por qué quedarnos en esta interpretación si resulta un poco infantil-, que, a partir de entonces, sólo se les pide o se les permite que trafiquen con los espíritus positivos, porque, como ya he mencionado, los hay positivos y negativos, y, para estos últimos, existe otro terreno que, como dicen ellos, se realiza en el mundo de la noche, que es el de la brujería -algo muy distinto-. Los animistas, por tanto, hacen una especie de código deontológico por el que se comprometen a realizar solamente el bien. Y, después de esta ceremonia, que supone los comienzos de una formación, la madre iniciadora les va pasando, en estado de trance durante algunos días de la semana, las maneras de atraer a los genios con el ritmo, con la danza, con los cánticos, y también les va pasando todos los enigmas de la cultura; las grandes leyendas, las metáforas y los secretos de las plantas, que es algo muy importante, puesto que esta gente también tiene grandes médicos tradicionales.
Al cabo de un tiempo, cuando se considera que este iniciado ya está bastante preparado, pasa por otro ritual muy importante: el de la apertura de la boca. Antes, como ya he explicado, había sido cerrada, metodo por el que no dejaban que los genios hablaran por su boca, porque podía ser mal interpretado; ahora, llevan a cabo otro procedimiento por el que se le introducen unos cuchillos largos en la boca y se le da de beber una pócima que le provoca también un estado de catarsis, e incluso llega casi a morir; es lo que ellos llaman una muerte mística. Esta muerte mística significa un renacimiento a una nueva vida, a nueva dimensión, lo que luego ha traspasado a otras culturas y se ha sincretizado con elementos cristianos de una manera, si se quiere, evolucionada -lo encontramos también en Cuba, o en Brasil-. Una vez que el iniciado ha salido de dicha muerte, por la que, durante unos minutos, queda totalmente en tensión, sujetada por algunos familiares hasta que comienza a sufrir unas convulsiones y sale corriendo como un loco, se va al cementerio, donde están enterrados grandes sacerdotes, y ahí se revuelca entre las tumbas y escucha los secretos de los muertos.
Al regresar al santuario, hace una danza , que se llama la danza de las tres predicciones porque revela tres secretos ocurridos hace mucho tiempo. Entonces, hay un consejo de ancianos que se lo ponen muy difícil y son los que determinan si realmente eso ocurrió o no; en el caso de que la prueba sea positiva, se le deja hablar, por eso se le llama la apertura de la boca y le han introducido los cuchillos. A partir de ese momento, ya podrá explicar qué es lo que quieren los genios, porque se contacta con ellos cuando la comunidad está en peligro o cuando hay el presentimiento de que algo va a ocurrir.
También suelen servir para que hagan adivinaciones, pero quizá lo que es más interesante es que se habla con éstos sobre todo cuando hay problemas de salud, cuando alguien está muy enfermo, porque, según la tradición africana, las enfermedades nunca obedecen a causas biológicas, sino a envidias, males de ojo, etc. Entonces, el sacerdote en estado de trance determina cuáles son las hierbas que necesita aquella persona para su curación; muchas veces se entra en la pura superchería de camaleones secos, pero también hay muchas cortezas de plantas, raíces, cuyas propiedades curativas se han demostrado luego científicamente. Tras esta ceremonia, al cabo de un tiempo, se hace otro ritual que es el del afeitado de la cabeza, en el que se le recortan los cabellos, ya que hay una creencia popular que dice que los genios cabalgan a los elegidos y se les agarran al cabello.
Éste también es un acto simbólico, representación de que ya no quieren ser cabalgados cuando aquéllos quieran: ahora, pueden llamarles sólo cuando ocurra algo realmente importante. Con este rito durante cuya celebración se les rasura la cabeza y es cubierta, posteriormente, por una membrana de cordero, este iniciado ya es considerado como un sacerdote, aunque -esto ya como puntualización final- tendrá que pasar un tiempo hasta que pueda formar a otras personas.

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MOHAMED CHUKRI

por Jordi Esteva
La irrupción de “El pan desnudo” supuso una conmoción en el panorama literario del Magreb. La autobiografía de Mohamed Chukri era un relato duro, cruel, sin concesiones, de la lucha de un mozalbete por sobrevivir en un Rif ocupado por las tropas españolas y en la ciudad “canalla” de Tánger durante la época internacional. “El pan desnudo” era la otra cara del último sueño orientalista. Mohamed nos hablaba de la misma ciudad que tantos otros escritores sólo que descrita desde el otro lado del espejo. Desde la venganza de quién limpiaba las botas, abría las portezuelas de los coches o cometía pequeños hurtos. Prologado por Juan Goytisolo en su edición española, traducido por Paul Bowles al inglés y por Tahar ben Jelloun el francés, el inesperado éxito de su primer libro, traducido a trece idiomas, acabó por aplastarle, en sus propias palabras, hasta tal punto que pocos seguían apostando por Chukri como escritor de producción regular. Chukri, con su tesón, amante del reto y del desafío, ha logrado superar el bache. Hoy atraviesa por un magnífico período productivo. Pero volvamos a su primer libro, interesante aparte de su valor literario porque habla de un período, el de la “colonización” española, sobre el que se ha ejercido la desmemoria histórica. Hemos mantenido con Chukri diversas conversaciones, en los jardines del desaparecido “Villa de France”, en su apartamento sobre el cine Río, en el bar “Geneina” o en el inefable bar Negresco, donde las malas lenguas afirman que pasa más tiempo que en su casa.

-¿Cómo era la vida cotidiana durante la “colonización”?
-Hace bien en hablar de colonización porque en realidad se trató de una colonización y no de un protectorado. Si hubiera sido así, tanto los franceses como los españoles se hubieran ido a los cuarenta años, cuando concluyó el contrato. Pero se quedaron, y fue necesario organizar una resistencia para que esos hijos de puta se largaran. No estoy hablando de los pueblos sino de regímenes, el franquista y el colonialista francés.
En el Rif éramos tan pobres y la hambruna tan terrible que mucha gente moría. Unos vecinos, incapaces de conseguir alimentos, se inmolaron tapiando desde dentro las puertas y las ventanas de su casa. Cuando alguien logró entrar en la vivienda ya estaban muertos. Mi padre mató a mi hermano porque no paraba de llorar; agobiado porque no tenía absolutamente nada que darle, en un ataque de rabia le agarró por el cuello. Dos días más tarde moría. Desde entonces odié a mi padre.

- ¿Cómo eran sus relaciones con los ocupantes?
- Más de una vez compartí el pan con los españoles humildes, en el barrio de San Antonio en Tetuán. Sobre todo con los gitanos, a quienes siempre he defendido. Eran vecinos nuestros, vivían pobremente, sus puertas siempre estaban abiertas para mi familia y también para muchos payos. Entre los españoles existía una clase marginada de limpiabotas, carteristas, ladronzuelos, gente que se buscaba la vida. Cuando nos instalamos en Tánger también teníamos vecinos españoles. Me sentía mucho mejor con ellos que con el resto de extranjeros. No existía discriminación entre los “sin clase”.
Los españoles e llevaron de Marruecos hasta las ventanas y no se llevaron las puertas porque pesaban demasiado. Y tampoco construyeron mucho. En cambio los franceses dejaron más cosas, sobre todo en el plano cultural. España vivía la crisis política y económica de posguerra. Y, claro, quien no tienen nada, ¿qué va a dejar?
Un “sin clase” como yo no tenía acceso al Tánger cosmopolita. No conocí a la “crema”; nos estaba prohibida la entrada en muchos cafés o bares, sólo los marroquíes colaboracionistas o los miembros de las familias muy ricas podían hacerlo. Me largué de mi casa a los once años, cuando mi padre mató a mi hermano. Me dedicaba a buscar el pan cotidiano. Dormía en los cementerios para escapar a los controles policiales nocturnos. Viví así hasta los veinte años. Fregaba platos, hurtaba, llevaba en bote a los americanos borrachos que habían perdido la última lancha que les llevara a sus barcos. Me regalaban pantalones y paquetes de tabaco. También hice contrabando a pequeña escala. Recuerdo haber vendido tabaco a Antonio Machín, que a menudo actuaba en el Teatro Cervantes. Una vez pedí un autógrafo a Sara Montiel. La noche me “intoxicó” y desde aquella época aborrezco el día. Es para las hormigas humanas.

-Resulta increíble que un buen escritor como usted fuera analfabeto hasta pasada la adolescencia, ¿qué le hizo aprender a escribir?
-Fue un desafío. Compraba revistas para ver las fotos de las grandes cantantes y artistas egipcias: Um Kulthum, Asmahan, Fatti Hamama. Me sentaba en un café y siempre encontraba algún conocido que me leía los textos. Un día se entabló una discusión política sobre Gamal Abdel Nasser y quise intervenir, pero un tipo me lo impidió: “¿Cómo pretendes discutir un tema tan importante con nosotros si no sabes ni escribir tu propio nombre?” Salí a la calle y compré un libro de gramática elemental. A los dos días ya sabía el abecedario. Un tiempo después, trabajé de vigilante en una escuela de Larache y debo decir que aprendía más de los niños que de los profesores. Años más tarde, me presenté a unos exámenes y conseguí el título de Magisterio. Llegué a ser el maestro de Casa Barata, un barrio de Tánger tan pobre que los niños iban descalzos. Estaba tan contento que me compré una pajarita para lucirla el primer día de clase. Recuerdo que los niños reían y gritaban: “¡profesor camarero, profesor camarero!” Incluso hoy, cuando me cruzo con algún antiguo alumno, exclama: “¡profesor camarero!”.

- Imagino que la necesidad interior de explicar su vida personal, de exorcizar todo lo sucedido, le llevó a la literatura.
- Solía sentarme durante horas en un café frecuentado por un escritor muy elegante, con su traje siempre impecable y sus pajaritas, a quien la gente tenía enorme respeto. Un día compré sus libros y los devoré en una noche, eran basura, literatura rosa, y me dije a mí mismo: “Yo puedo escribir mucho mejor que él”. Fue otro desafío, quería demostrarme que podía llegar a ser escritor. La escritura se convirtió en venganza contra aquellos que robaron mi infancia. Mi clase, mi familia.
Leía mucho. Tuve casi mil libros. Comencé a escribir pero no estaba contento con el resultado y acabé con una gran depresión. Decidí “beberme” los libros. Los vendía uno a uno para comprar vino. Conseguí “beberme” toda la biblioteca. Salvé un libro de Rosalía de Castro en el que decía: “En el fondo de todo, el mío pensamiento”.
Un día, fui a un bar y amenacé al dueño; le dije que si no llamaba a los bomberos rompería todas las botellas. La amenaza surtió efecto pero no llamó a los bomberos. A los diez minutos vino una ambulancia y me llevaron al manicomio. Con una semana hubiera tenido suficiente, pero me quedé unos meses. Me tiré a las locas, a las jóvenes y a las viejas. Recuerdo a un loco empeñado en que le regalara una chilaba blanca porque, según él, el mismísimo rey había prometido visitarle. Se la conseguí y el mismo día la manchó de sangre en una pelea. Recuerdo a Abraham, un hebreo gordinflón que se quejaba porque los locos lo violaban cada noche. Un día lo encontré envuelto en una sabana masturbándose pensando en su novia, una bella hebrea llamada Estrella. Pasaban cosas muy raras. Una noche un loco estranguló a otro mientras el resto aplaudía.

- Su libro “El pan desnudo” refleja esos primeros años en Tetuán y en Tánger. Paul Bowles lo adaptó al inglés, quizá por ello a veces le asocian con Mohamed Mrabet, el narrador oral cuyas historias han sido transcritas por el escritor americano.
-Se confunden. Incluso Tahar ben Jelloun, antes de conocer mi obra en árabe clásico, la lengua en que yo escribo, escribió un artículo muy ingenuo donde decía que Mohamed Chukri había contado su vida a Paul Bowles y éste la había escrito. El presidente de los escritores marroquíes, Mohamed Barrada, le replicó: “Chukri no ha contado su vida a Paul Bowles. Chukri tiene su obra en árabe clásico y, si usted quiere, puede leer su novela y traducirla al francés”. Así lo hizo. Jelloun pidió el manuscrito y lo tradujo.
Sí, hay una gran confusión. Todo viene a raíz de la curiosa traducción de Paul Bowles. Un amigo común, Edward Roditti, nos presentó y le sugirió que tradujera algún cuento mío. Mis escritos le gustaron, pero como Paul no entiende, ni por supuesto lee, el árabe, se los dicté en español y él los traducía al inglés. Por ello mucha gente pensó que yo era un narrador oral como Mrabet y no un escritor. Y con ello no quiero decir que sea mejor o peor que Mrabet, cada uno tiene su estilo, pero una cosa es ser un escritor y otra un contador de historias. Expresarse en árabe dialectal es también difícil y puede ser muy creativo.
Paul no me enseñó a escribir, aunque debo reconocer que su presencia me estimuló mucho para continuar. Creo que se interesó en traducir mi primer libro porque los dos compartíamos un resentimiento hacia la figura del padre y habíamos sufrido mucho. El castigo que Paul recibió fue más psicológico que físico. Su padre no le pegaba como el mío, que me cogía como a un conejo, me amarraba a un árbol y me torturaba con su cinturón de cuero, que conservaba de cuando estuvo en el ejército español. Otras veces me abofeteaba con todas sus fuerzas o me molía con un palo. La figura del patriarca agresivo está presente en mis obras porque forma parte de mi vida personal y de la de mi generación. He sufrido lo indecible por culpa del padre. Aunque en honor a la verdad debo decir que estoy viendo un gran cambio entre los padres de hoy. Son más tolerantes, educan mejor a sus hijos, son más comprensivos. La vida está mejorando en Marruecos. Cuando hay mucha miseria las cosas son muy distintas. Aparecen los malentendidos, incluso el odio. Y eso es lo que a mi me ocurrió.

-Usted tuvo la oportunidad de conocer e incluso codearse con parte de la pléyade de escritores que pasaron por Tánger durante el período de ciudad internacional. Escribió un libro sobre ellos: “Jean Genet y Tennessee Williams en Tánger”. ¿Cómo conoció a Jean Genet?
- Me presenté por las buenas. Había leído artículos sobre sus obras. Los libros no porque, hasta hoy, siguen prohibidos en todo el mundo árabe. Se le considera un escritor inmoral, no por ser un ladrón sino por su condición de homosexual y los árabes son los mayores homosexuales. Lo hacen “todo” a escondidas y luego lo niegan. No tienen la voluntad de hacerse un autoanálisis. Antes no era así. La literatura árabe era más franca y atrevida que la europea. Leyendo la poesía árabe preislámica y la islámica, la de la época de Harún al Rashid, y la andalusí, uno se da cuenta de que era una cultura muy abierta, sin prejuicios morales, luego vino la decadencia.
Yo no soy homosexual. Nunca tuve intimidad física ni con Genet ni con Tennessee Williams, Allen Ginsberg, William Burroughs o Paul Bowles. No me importaban sus preferencias. Establecí con ellos relaciones humanas. Apreciaban algunas cosas de mí y yo también les apreciaba. A pesar de que Tennessee Williams también conoció la pobreza, siempre ocultó su origen. Se avergonzaba. Jean Genet era diferente. Hablaba un árabe coloquial muy divertido salpicado de palabras argelinas. Compartíamos muchos sentimientos. Los dos fuimos ladronzuelos, bohemios y desarraigados. Jean era un hombre sencillo que despreciaba lo que yo despreciaba, por eso existió una corriente de simpatía mutua entre los dos. Pasábamos horas y horas sentados en un café hablando de la sociedad marroquí y de política. A Tennessee, en cambio, le fascinaban las fiestas burguesas. Le gustaba armar escándalos. Era un gran escritor, no lo niego y le admiro, pero no simpaticé con él. No compartíamos ni el amor ni el desprecio .
Entre Genet y yo las cosas eran muy diferentes. Eramos cómplices. Empezábamos a almorzar a la una y terminábamos a las nueve, entre el Café de París, el Café de France, el Minzah o el Negresco. Genet ya no escribía. Le gustaba observar y hablar. Recuerdo una noche que me estuvo esperando en el bar Negresco. Me retrasé y él dejó un France Soir y una copa de vino sobre la mesa en la que solíamos reunirnos y dijo al camarero: “ Que nadie toque ni el periódico ni la copa hasta que llegue el señor Chukri, aunque tarde una semana”. No volví a verle. Quiso que le enterraran en el cementerio de Larache y así se hizo. Era un hombre de una personalidad muy especial. Su amante se volvió loco; habían adoptado un niño que decían que era palestino aunque no era verdad. Genet rendía de ese modo un homenaje al destino de un pueblo que admiraba. El amante de Genet, tras su muerte, solía emborracharse mucho. Llevaba al niño “palestino” a visitar la tumba de Jean. Un día su coche se estrelló contra un árbol cerca de Assilah. Sin Genet la vida había perdido todo su sentido.

- ¿Qué sentía un rifeño en ese Tánger internacional, ciudad de artistas, millonarios, aventureros, mafiosos y espías?
- Me sentía un simple observador. Hacia el final del período internacional estuve en algunas fiestas. Quería saber lo que pasaba pero no era muy agradable. Lo que reprocho a casi todos esos extranjeros que vivieron tanto tiempo en Tánger es que nunca escribieron de una manera objetiva. Siempre trataron a los marroquíes de manera secundaria. No analizan la personalidad marroquí. Hablan de botones, simples camareros, o de cuerpos que les proporcionan minutos de placer. Los marroquíes aparecen tan sólo para decorar. Esos escritores jamás se interesaron por la sociedad marroquí. La mayoría venían para descansar o para “gozar de sus placeres”. Otros, para escribir o terminar alguna obra. Incluso Paul Bowles, que ha vivido aquí desde 1931, aconsejado por Gertrude Stein, confiesa que desconoce por completo la sociedad marroquí. Para Bowles, Tánger murió con la independencia. Sus escritos son muy exóticos y nunca ha analizado la sociedad, excepto en La Casa de la Araña, donde trató de escribir algo politizado. Tiene una idea muy confusa sobre el país.
Sentía un gran respeto por personas como Samuel Beckett o Moravia. Siempre respeté la soledad escogida de Beckett; no se mezclaba con la crema. En cambio, casi todos los demás, sólo buscaron lo primitivo y lo exótico. Vinieron un poco como quién va al cine a ver una película de aventuras. A ver saltar a un mono de árbol en árbol; y por supuesto el mono era el marroquí. Eso es lo que eramos para ellos. Simios.

-¿Cómo ve el Tánger de hoy?
-Durante el colonialismo, Tánger era una ciudad más abierta, viva y cosmopolita pero no siento ninguna nostalgia porque vivía en el fango. Ese Tánger internacional murió. Gracias a la independencia fui a estudiar a Larache y pude convertirme primero en maestro y luego en escritor.
Tánger es una ciudad donde si no sabes cómo comportarte, te aplasta. He visto desvanecerse grandes fortunas y cómo buenos pintores y escritores se perdieron aquí. Tánger ha cambiado. Los tangerinos están contentos con escuchar a Um Kulthum y mientras tanto, los del sur de Marruecos lo están comprando todo. El tangerino tiene el culo sobre la roca, la mirada en la bahía y la oreja para escuchar los chismes.
Yo conocí una “miseria bonita”. Ahora Tánger es distinto. La mayoría de mis compañeros han empobrecido, enloquecido, emigrado o han muerto. Mis amigos tenían para vivir, no les faltaba nada y ¡ahora! Claro que yo no puedo ayudar a todos. Muchos amigos del Zoco Chico no tienen hoy ni para tomar un café, y me duele. Me duele porque hemos compartido toda una vida.

-Le gusta definirse como escritor tangerino.
-Conozco muy bien mi comarca, mi región, yo no soy un Hemingway que hace escritura de la circulación y tan pronto escribe un libro sobre Cuba como sobre la guerra civil española o Africa. Ni soy Malraux ni Blaise Cendrars ni un Paul Bowles que escribe sobre el Sáhara, Guatemala o la India. Conozco muy bien mis límites que no van más allá del triángulo Tánger, Tetuán, Larache. Tetuán supone la infancia y adolescencia, Larache mis estudios y el resto es mi vida tangerina. Por ello digo que no soy un escritor marroquí sino un escritor tangerino. Aunque cuando escribo no lo hago para los marroquíes, sino para quien pueda leerme, sea argelino, occidental o lo que sea. “El pan desnudo” ha sido traducido a trece lenguas. Escribo sobre la sociedad marroquí pero para todo el mundo. No es por decirlo, pero yo soy el único escritor tangerino. Hay cuatro o cinco profesores que pretenden escribir, pero escribir unas líneas no significa hacer poesía. No han aportado nada. Los tangerinos sólo han dado guías de turismo, juergas, mujeres y hombres guapos. He tenido siempre una conciencia muy fuerte de clase, de pícaro, de marginal y eso nadie me lo puede quitar. Ni Dios mismo. Claro que como Dios siempre come en las mejores mesas, pues que se coma él las langostas. Soy un escritor con un cierto don. Soy pequeño entre los grandes y grande entre los pequeños. Tampoco soy humilde porque he hecho cosas que no han hecho los demás. Soy lo que soy. Pero le voy a decir una cosa, mi vida es más interesante que mis escritos.

-Muchos marroquíes no le consideran escritor, le quitan mérito porque opinan que se ha limitado a contar su vida.
-¿De quién viene el insulto. A mí no me insultaron ni Jean Genet, ni Tennessee Williams, ni William Burroughs, ni Paul Bowles. Me insultan unos burócratas, salchichas humanas. ¡Chorizos humanos, hombre!, que comen, digieren, cagan y mean. ¿Quiénes son?, ¿qué han hecho?

-Le acusaron de ser un escritor de un solo libro.
- La fama de “El pan desnudo” me aplastó. Me encontraba en un callejón sin salida. No sé si la escritura se apartó de mí o yo de ella. Había dejado de escribir porque prohibían todo lo que hacía. Tuve como un reumatismo en la función mental. Quizá lo había contado todo en poco tiempo y no exagero si digo que había condensado el máximo de pensamiento con el mínimo estilo. El verdadero escritor debe reconocer sus límites. Yo no fuerzo mi destino porque, si se fuerza, la literatura se convierte en diarrea o en un empacho, y yo ni quiero empachar a la gente ni mucho menos provocar diarreas. Me interesa la literatura para embellecer lo que es feo en la vida. No para hacer otras cacas de escrituras, para ganar dinero y premios. Hemingway hizo bien en suicidarse cuando ya era impotente para la creación. Es una cobardía seguir viviendo en ese caso
Cuando no tengo nada que escribir, me callo. Lo hice durante diecisiete años. Los pasé sin escribir una porra, porque hasta entonces escribía y acumulaba, escribía y acumulaba. Cuando tradujeron mi “Pan desnudo” al francés y me pagaron los derechos de autor, comenzaron a pedirme textos inéditos, y en vez de escribir, abría los cajones y sacaba lo acumulado. Para cuando quise volver a escribir me fue extremadamente difícil. Y ahora con la computadora, ¡hija puta! Ahora mismo no sé cómo recuperar lo que he estado escribiendo durante un mes.
Cuando comparo los primeros relatos que escribí en los años sesenta, tanto los que publicaba como los que leía en público, me doy cuenta de que eran más agresivos que mi obra actual. Eran como una bofetada, porque lo que yo escribo choca moralmente, incomoda. Se sienten ofendidos y me atacan. Hoy ocurre pero en menor medida. La mentalidad ha cambiado, incluso la censura, aunque algunos libros míos siguen estando prohibidos. Querían programar “El pan desnudo” en las universidades comparándolo con otras biografías de escritores árabes, como la del egipcio Taha Hussein. Mi libro es la primera autobiografía de un escritor árabe que desvela algunos tabúes. Unos profesores armaron un escándalo porque encontraron a un chico de 14 años leyendo “El pan desnudo” y consiguieron que el libro fuera censurado. Consideran que pervierto a la juventud con libros inmorales.
A mí me toman por un maldito porque los tangerinos dicen que escribo cosas podridas sobre la ciudad. La censura de mis libros comienza en Tánger y para castigar a esa ciudad no permití que mi libro “Zoco chico” se vendiera en Tánger. Era una broma, una forma de reírme de la censura y de la mentalidad de la gente que está en mi contra. Puede comprarse en Kenitra o en Rabat pero no aquí.
En Marruecos estamos en el proceso de creación de una tradición de lectura. Somos un pueblo joven. Conseguimos la independencia hace apenas 35 años. Vivimos la infancia de una cultura. Una generación no es suficiente para crearla. El escritor marroquí de hoy no encuentra una tradición de literatura marroquí moderna, sólo clásica. Debe basarse en sí mismo. En cambio el escritor español o francés encuentra una acumulación. El francés tiene detrás a Madame de Staël, Mallarmé, Victor Hugo, Baudelaire, Genet...

-Y ustedes, en el Magreb, en el occidente del mundo árabe tienen a Ibn Hazm, Ibn Khaldun, Ibn 'Arabî...
-¡Pero son clásicos! Luego hubo una ruptura. Tenemos textos religiosos escritos por hombres de religión, poemas para hechos religiosos. La literatura moderna empezó en el XIX en Egipto con la Nahda, el Renacimiento árabe. En Marruecos tenemos ahora autores de expresión árabe y francesa. La mayoría hemos adoptado muchas ideas de los orientales, sobre todo de egipcios y libaneses. Hace 20 ó 25 años nos considerábamos sus discípulos. Hoy nos hemos liberado de esa influencia, ya no estamos acomplejados, tampoco por Occidente. Aunque debo decir una cosa: tenemos grandes poemas pero no grandes poetas, no tenemos un Lorca o un Hernández, tampoco a un Baudelaire o a un Rimbaud. Tenemos buenas novelas pero no novelistas. Intentamos crear nuestra identidad literaria.
En mi caso fue decisivo el contacto con la cultura europea y americana que conozco mejor que la árabe. Mi frase no es árabe. Es una frase europeizada, a veces telegráfica porque la árabe es larga, casi proustiana. Yo la he corrompido. He creado mi estilo propio después de leer a Faulkner, Joyce, Woolf, Camus. Hoy conservo la admiración por todos ellos pero la influencia se fue.

- Usted acaba de sorprender otra vez a todo el mundo con su nuevo libro, “El tiempo de errores”. Muchos creían que ya no volvería a escribir.
-Para mí fue un reto romper el círculo vicioso en el que me encontraba. Me dije: “Puedo escribir otro libro que supere al primero”. Fue un desafío, ante los demás y ante mí, necesitaba recobrar la confianza en mí mismo. Lo conseguí y ha resultado. El primero lo escribí en el año 72 durante dos meses y el segundo lo escribí en el mes de Ramadan del 92. Me encerré. No abría la puerta a nadie excepto a mi amigo Abdelatif Benyahia, poeta marroquí que me visitaba de vez en cuando. Cada día trabajaba diez, doce, quince, ¡diecisiete horas! Escribí bajo un estado depresivo, una neurosis. Cuando lo terminé fue un desahogo. Fue muy buen recibido aunque en Marruecos no lo entendieron del todo porque no es una autobiografía que siga un orden cronológico. No es ni clásica ni moderna. Mezclo prosa y poesía.
No me importa la realidad cuando escribo. O es buena escritura o mala. Lo único que puedo decir es que la primera edición de cinco mil ejemplares, en un país en el que la mitad de la población es analfabeta, se agotó a las cinco semanas. En menos de un año se vendieron 10 mil ejemplares y esto es un récord para un escritor marroquí.

-¿Considera “El tiempo de errores” como la continuación de “El pan desnudo”.
-En cierto modo sí, aunque es muy diferente. A partir de la página cien ya no es una autobiografía propiamente dicha, como en “El pan desnudo”, sino una autobiografía contemplada. Si el primero lo escribí con el estómago, el segundo, tras unos capítulos, lo he querido escribir con madurez literaria y social. No hay mucha acción, hay más contemplación. Es una prosa poetizada. He poetizado la mierda humana porque no se puede escribir sobre la mierda a través de un estilo merdoso. Hay que sublimar lo cotidiano. El hombre sin imaginación es un criminal. Un salvaje.
He recuperado la agilidad perdida y tengo más confianza que antes. Me ha costado sufrimiento. “El tiempo de errores” lo escribí en un mes pero ya estaba más o menos fabricado en mi mente porque, como tengo memoria de analfabeto que graba las cosas como un ordenador, sé muy bien lo que voy a escribir. Lo escribo en la mente y cuando me pongo manos a la obra, lo hago muy rápido porque ya lo tengo muy trabajado. A lo mejor estoy en un café, o andando por la calle y voy trabajando. También hay muchas ideas que pensé hace quince años de cara a escribirlas y no acabo de encontrar la técnica para hacerlo. Sé cómo contarlas pero no cómo escribirlas y no quiero escribir como una cabra. No soy ni cabra ni cabrón. ¿Por qué tenemos que escribir basuras? ¿Para ganar dinero, para comer a la carta, para vivir con lujo, para bien fornicar? No.

-¿Ha tenido problemas de nuevo con la censura?
-”El tiempo de errores” es tan fuerte como mi primer libro e incluso a veces mucho más duro y sin embargo no ha sido censurado. Hay una mayor tolerancia. Lo que se puede decir en público en Marruecos, en el plano político, y no estoy defendiendo al régimen, no se puede decir en ningún otro país árabe. Sólo en Tánger hay 20 periódicos. Algo imposible en Irak o incluso en Egipto, donde hay cuatro o cinco oficiales y dos semioficiales. Si yo viviera en Irak o en Egipto, me habrían matado los fanáticos. Aquí, me prohíben algunos libros, pero no escribir. No vienen a inspeccionar mi casa.
Al contrario de lo que sucede en Argelia o Egipto, el integrismo en Marruecos está muy controlado. Al régimen no le conviene ese dragón y si algún día surge como en Argelia, soy persona muerta. Un Chukri muerto.
El integrismo es un desahogo falso para las salchichas humanas. Hacen la revolución en el vacío. No tienen ningún programa. Es la revolución por la revolución. Es como lo que sucedió durante la guerra del Irak, cuando toda la calle aquí estaba a favor de Saddam Hussein, a pesar de que en el fondo sabían que estaba llevando a todo su pueblo a la mierda. ¿Quién ganó? ¡Los capitalistas! ¡Que iba a ganar Saddam Hussein! ¡Ha disparado scuds sobre Israel!, decían. ¿Scud?, ¿qué Scud? El que fabrica el coche no es como el que lo monta. Nosotros montamos coches. Compramos armas para hacer la guerra con aquellos que nos las venden. Es una contradicción. Volvamos a nuestros camellos y a nuestros burros. Nosotros no fabricamos ni armas ni nada. Compraron diez Scuds a Rusia y tenían ahí a una docena de sabios rusos y creían que con ello iban a desafiar a América y a Europa juntas. Saddam Hussein es un fascista que ha conducido a su país al caos. Ni siquiera tienen pan. Nosotros tenemos un pan más rico que el del Irak. Allí el toro más grande es como nuestro perro aquí. ¿Cómo van a ganar? Si hasta a la mismísima Rusia la han enviado a la mierda. ¡Una de las grandes potencias! Y ahora están pidiendo Coca-Cola, hay prostitución, y crímenes por todas partes. Quien más puede es quien gana por astucia, por potencia económica, por la fuerza de las armas. Saddam ha vendido a su pueblo por orgullo personal.

-Desde aquí mismo se ven las montañas de España en el horizonte, las luces de Tarifa al anochecer. Sin embargo esos trece kilómetros de distancia, diecisiete minutos con una tabla de windsurf, según un periodista tangerino, tras los Acuerdos de Schengen para muchos se han convertido en insuperables...
-¡Ah no!, ya veo por dónde va. ¿Problema nuestro? En todo caso son ustedes quienes deben plantearse las preguntas. No quiero hablar de las espaldas mojadas. Si quiero atravesar el estrecho no me dejan. Si me cogen, me devuelven como a un bulto.

-¿Qué está preparando?
-Estoy tratando de escribir un texto sobre Paul Bowles. En árabe tenemos un proverbio que dice que la persona que tienes más cerca de tí es la más lejana. Una noche, hacia las dos de la mañana, trataba de encontrar una expresión y en un momento dado aullé: “¡No, no es posible!”. Las ardillas se levantaron, luego Mozart el canario, mi perro Juba, y seguidamente los vecinos. Pensé: “Si continuo así van a llamar a los bomberos”. Creí que me volvía loco. Apagué la luz, me fumé un cigarrillo y me dormí. Quizá se trate del libro que más me ha hecho sufrir porque se trata de recrear cosas cotidianas que he vivido con él, a través de sus amigos y los amigos literarios. Pero como mi vida está basada sobre un reto, voy a acabarlo y será diferente a los otros que se han escrito sobre Paul Bowles. Será un libro sobre Tánger, sobre Jane Bowles, que era más profunda y original que Paul pero que quedó anulada por su marido. También será un libro sobre sus amigos, sobre mí, sobre mis amigos. Porque de vez en cuando me olvido de Paul y escribo acerca de mi techo o de mi perro Juba. Se llamará “El viaje de las voces” y será su biografía, también mi autobiografía.

-¿Para cuando una tercera entrega de la vida de Mohamed Chukri?
-Empecé a escribir el tercer tomo de mi biografía, tengo pensado que arranque a partir de una pequeña historia que sucedió en el bar Negresco. Hace un tiempo solía ir a beberse sus copas un hombre que estaba enamorado de un pequeño pez, negro con velos pequeñitos. Un pez hippy. Nada más entrar en el bar, aquel hombre se acercaba al acuario y saludaba a su pez amigo. Y así cada día. Una tarde se dio cuenta de que el pez estaba agonizando y llamó a un médico que siempre está en el Negresco. Era un especialista del pulmón y le ordenó: “¡Salva a mi pez!, ¡salva a mi pez!”. Comenzó a gritar y el médico le dijo que estaba loco. “¡No -replicó desesperado aquel hombre-, mi pez se está muriendo! ¡Haga algo!” Era verdad. El médico metió la mano en el agua, cogió el pez con cuidado y lo sacó del acuario. Le hizo la respiración artificial en el lavabo, cuando lo volvió a echar en el acuario, estaba muerto. Cuando el hombre vio que el pez estaba ahí flotando se puso a llorar a raudales. Le dimos las condolencias y le dijimos que como se trataba de un pez y no de una persona en vez de guardar los cuarenta días de luto de rigor sólo lo haríamos durante veinte. Un caricaturista que solía acudir al Negresco le regaló un dibujo del pez, con sus velos. El pez hippy. Lo triste del caso es que muerto el pez, aquel hombre jamás regresó al Negresco.

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